Vivimos una época donde la escala de valores ha
cambiado y a muchos nos cuesta comprender y aceptar este cambio. Juzgamos que
muchas de estas transformaciones han sido para peor y vislumbramos un panorama
sombrío para nuestro país porque vemos que nuestros jóvenes no parecen estar
formándose para un futuro que intuimos cada vez más complejo y desafiante.
Muchos jóvenes librados a la suerte, sin la orientación
y contención de adultos que sean referentes respetados, no se proponen metas y
quedan expuestos a los grandes males que los amenazan: drogas, violencia y el
no adquirir las competencias básicas que requieren las sociedades
contemporáneas.
Si el modelo de familia tradicional se está
transformando y una de sus consecuencias es el debilitamiento de autoridad de
los padres, entonces alguien debe hacerse cargo de ese rol. No se trata de
establecer un autoritarismo despiadado si no de constituir una guía clara,
firme y positiva.
Creo que la escuela tiene que ocupar un rol central en
la batalla contra las fuerzas disolventes del lazo societario. Esto solo puede
basarse sobre una alianza con tres pilares del proceso pedagógico: el docente
(que es el que pone el hombro en el día a día), las autoridades políticas y los
padres. Y para conseguirlo debería establecerse la siguiente regla: en los
lugares más carenciados, donde la familia esté más deteriorada y donde la
violencia y el narcotráfico hayan anidado profundamente deben ponerse los
mejores recursos del estado.
En términos prácticos hay que crear escuelas grandes y
modernas. Con muchas aulas para que los cursos sean de no más de 20 alumnos. Un
plantel de docentes capacitados, bien pagos, respetados y comprometidos con el
proceso pedagógico, que acompañen por ciclos la enseñanza de los chicos que deben
ser evaluados permanentemente para detectar sus debilidades y fortalezas, buscando
las herramientas para corregir las primeras y potenciar las segundas.
Las escuelas deben ser de doble escolaridad
obligatoria (que los chicos tengan 8 hs netas de clase por día), bilingües
(enseñando inglés desde los 5 años de ser posible), con una clara impronta
científica. El nivel inicial debe ser obligatorio (cuanto más rápida sea la
incorporación del chico al proceso pedagógico mayor probabilidad de que
transite con éxito este camino) y no debe haber quiebres tan pronunciados entre
los distintos niveles porque instala dentro del sistema un solapado incentivo a
la deserción. Un grupo de psicopedagogos debe funcionar como apoyo para que el
docente pueda mejorar las estrategias de aprendizaje.
Los establecimientos, además de las aulas grandes,
luminosas y tranquilas (cualidades que las hacen amigables al aprendizaje)
deben contar con biblioteca, laboratorio, buffet, campo para deportes (mínimamente
con canchas de fútbol, vóley, básquet), gimnasio, vestuarios, teatro y cine (y
más adelante voy a explicar por qué). Pensemos en escuelas de un par de
manzanas al estilo de las grandes escuelas estadounidenses.
La actividad deportiva así concebida puede actuar como
imán y potenciar la labor pedagógica. El viejo modelo barrial de la escuela por
un lado y el club por otro, fue muy útil en la Argentina de décadas pasadas. La
experiencia era excelente en términos de integración social. Muchos establecimos
vínculos con chicos de otras clases sociales que eran nuestros compañeros de
colegio y los mismos con los que jugábamos a la pelota en el club. En alguna
medida esto se perdió al estar segmentado el proceso pedagógico y separadas las
instituciones que lo conducen. Por eso creo que escuela y deporte deben
entrelazarse más estimulando una sinergia positiva.
El deporte ejercita muchos valores positivos y
necesarios para cualquier forma de organización social: responsabilidad,
disciplina, trabajo en equipo, competencia, sentido de la autosuperación,
respeto por el adversario y las autoridades, planificación de objetivos. Además
promueve cuerpos fuertes y sanos.
Tenemos que pensar que la escuela no tiene que
terminar los viernes a la tarde. Tiene que permanecer abierta los fines de
semana para captar a los chicos y sus familias. Los chicos tienen que ir los
sábados a la mañana a la escuela a tener clases de apoyo y hacer alguna materia
adicional: computación, primeros auxilios, talleres de oficios, educación vial,
sexual y ambiental, actuación ante
catástrofes (como incendios, inundaciones y otras emergencias). Y luego de estas
actividades complementarias deben tener actividad física. Se deben organizar
campeonatos de fútbol, básquet, handball, vóley, etc. (con el agregado que
sería un excelente semillero para futuros deportistas profesionales). El
deporte así concebido le disputa el terreno a la “noche” y los males que vienen
con ella. Incluso escuelas con cine y teatro sirven para captar a familias
humildes. Qué bueno sería que las familias pobres compartan con sus hijos un
momento de agradable diversión dentro de la escuela. Así se revalorizaría el
rol articulador e integrador que tiene para con toda la comunidad. La sociedad
ganaría en cohesión y estaríamos en mejores condiciones para evitar el
degradante espectáculo de un chico de 7 años tomando paco en la calle.
Garantizar el acceso a una educación de calidad a los chicos humildes es
ponerlos a la par de los otros y ensanchar la base sobre la que surgirán los
futuros líderes de nuestro país. A condiciones de competencia equitativas y
bajo un criterio de meritocracia, necesariamente surgirán elegidos los mejores.
Obviamente que todo esto tiene un costo. El estado
argentino recauda mucho y gasta en muchas cosas que podrían evitarse. Lo
necesario, justo y responsable es afinar el lápiz y sacar seriamente las
cuentas. Ese es un trabajo para los técnicos pero de lo que se trata acá es que
los ciudadanos tengan todos los elementos para decidir si quieren reorganizar
las prioridades de nuestro país para empezar a superar el derrotismo, la
impotencia y el desánimo que tiene una importante franja de la sociedad
argentina.
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