lunes, 13 de octubre de 2014

Jóvenes: escuela y deporte

Vivimos una época donde la escala de valores ha cambiado y a muchos nos cuesta comprender y aceptar este cambio. Juzgamos que muchas de estas transformaciones han sido para peor y vislumbramos un panorama sombrío para nuestro país porque vemos que nuestros jóvenes no parecen estar formándose para un futuro que intuimos cada vez más complejo y desafiante.
Muchos jóvenes librados a la suerte, sin la orientación y contención de adultos que sean referentes respetados, no se proponen metas y quedan expuestos a los grandes males que los amenazan: drogas, violencia y el no adquirir las competencias básicas que requieren las sociedades contemporáneas.
Si el modelo de familia tradicional se está transformando y una de sus consecuencias es el debilitamiento de autoridad de los padres, entonces alguien debe hacerse cargo de ese rol. No se trata de establecer un autoritarismo despiadado si no de constituir una guía clara, firme y positiva.
Creo que la escuela tiene que ocupar un rol central en la batalla contra las fuerzas disolventes del lazo societario. Esto solo puede basarse sobre una alianza con tres pilares del proceso pedagógico: el docente (que es el que pone el hombro en el día a día), las autoridades políticas y los padres. Y para conseguirlo debería establecerse la siguiente regla: en los lugares más carenciados, donde la familia esté más deteriorada y donde la violencia y el narcotráfico hayan anidado profundamente deben ponerse los mejores recursos del estado.
En términos prácticos hay que crear escuelas grandes y modernas. Con muchas aulas para que los cursos sean de no más de 20 alumnos. Un plantel de docentes capacitados, bien pagos, respetados y comprometidos con el proceso pedagógico, que acompañen por ciclos la enseñanza de los chicos que deben ser evaluados permanentemente para detectar sus debilidades y fortalezas, buscando las herramientas para corregir las primeras y potenciar las segundas.
Las escuelas deben ser de doble escolaridad obligatoria (que los chicos tengan 8 hs netas de clase por día), bilingües (enseñando inglés desde los 5 años de ser posible), con una clara impronta científica. El nivel inicial debe ser obligatorio (cuanto más rápida sea la incorporación del chico al proceso pedagógico mayor probabilidad de que transite con éxito este camino) y no debe haber quiebres tan pronunciados entre los distintos niveles porque instala dentro del sistema un solapado incentivo a la deserción. Un grupo de psicopedagogos debe funcionar como apoyo para que el docente pueda mejorar las estrategias de aprendizaje.
Los establecimientos, además de las aulas grandes, luminosas y tranquilas (cualidades que las hacen amigables al aprendizaje) deben contar con biblioteca, laboratorio, buffet, campo para deportes (mínimamente con canchas de fútbol, vóley, básquet), gimnasio, vestuarios, teatro y cine (y más adelante voy a explicar por qué). Pensemos en escuelas de un par de manzanas al estilo de las grandes escuelas estadounidenses.
La actividad deportiva así concebida puede actuar como imán y potenciar la labor pedagógica. El viejo modelo barrial de la escuela por un lado y el club por otro, fue muy útil en la Argentina de décadas pasadas. La experiencia era excelente en términos de integración social. Muchos establecimos vínculos con chicos de otras clases sociales que eran nuestros compañeros de colegio y los mismos con los que jugábamos a la pelota en el club. En alguna medida esto se perdió al estar segmentado el proceso pedagógico y separadas las instituciones que lo conducen. Por eso creo que escuela y deporte deben entrelazarse más estimulando una sinergia positiva.
El deporte ejercita muchos valores positivos y necesarios para cualquier forma de organización social: responsabilidad, disciplina, trabajo en equipo, competencia, sentido de la autosuperación, respeto por el adversario y las autoridades, planificación de objetivos. Además promueve cuerpos fuertes y sanos.
Tenemos que pensar que la escuela no tiene que terminar los viernes a la tarde. Tiene que permanecer abierta los fines de semana para captar a los chicos y sus familias. Los chicos tienen que ir los sábados a la mañana a la escuela a tener clases de apoyo y hacer alguna materia adicional: computación, primeros auxilios, talleres de oficios, educación vial, sexual y  ambiental, actuación ante catástrofes (como incendios, inundaciones y otras emergencias). Y luego de estas actividades complementarias deben tener actividad física. Se deben organizar campeonatos de fútbol, básquet, handball, vóley, etc. (con el agregado que sería un excelente semillero para futuros deportistas profesionales). El deporte así concebido le disputa el terreno a la “noche” y los males que vienen con ella. Incluso escuelas con cine y teatro sirven para captar a familias humildes. Qué bueno sería que las familias pobres compartan con sus hijos un momento de agradable diversión dentro de la escuela. Así se revalorizaría el rol articulador e integrador que tiene para con toda la comunidad. La sociedad ganaría en cohesión y estaríamos en mejores condiciones para evitar el degradante espectáculo de un chico de 7 años tomando paco en la calle. Garantizar el acceso a una educación de calidad a los chicos humildes es ponerlos a la par de los otros y ensanchar la base sobre la que surgirán los futuros líderes de nuestro país. A condiciones de competencia equitativas y bajo un criterio de meritocracia, necesariamente surgirán elegidos los mejores.
Obviamente que todo esto tiene un costo. El estado argentino recauda mucho y gasta en muchas cosas que podrían evitarse. Lo necesario, justo y responsable es afinar el lápiz y sacar seriamente las cuentas. Ese es un trabajo para los técnicos pero de lo que se trata acá es que los ciudadanos tengan todos los elementos para decidir si quieren reorganizar las prioridades de nuestro país para empezar a superar el derrotismo, la impotencia y el desánimo que tiene una importante franja de la sociedad argentina.


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